martes, 14 de agosto de 2007

encuentro

Habían pasado pocos días del comienzo de mis vacaciones. Antes nada paraba, ni el frío, ni el agua, ni las entregas… pero el hecho es que este día la lluvia se había suavizado y el ambiente era muy agradable. Iba caminando con el pelo amarrado por las calles del centro. Alguien tocó mi espalda y saludó, su voz se me hacía familiar pero no la reconocí, era el hombre que me gustaba tres años atrás. Nunca tuvimos una relación, ni de amigos ni de nada, solo fumamos un pito juntos y conversamos de vez en cuando al encontrarnos, como ahora, por casualidad. Entre el cómo has estado y el qué has hecho terminó ofreciéndome marihuana. Sabía donde iba y qué quería, igual tenía ganas pero a veces me hago el señorito y le digo que no a las hormonas, así que tuve que rechazarlo. Insistió y esta vez optó por algo más sano. No pude negarle un café y una buena conversación, así que rato más tarde figurábamos en su casa conversando de lo lindo. No sé cuanto tiempo habrá pasado pero habíamos llegado a esa instancia en que los cuellos parecen extenderse hasta dejar nuestras cabezas fuera de órbita. Conversando desde arriba de la atmósfera, despojados del comando de nuestros cuerpos. Riendo como niños e intercambiando gestos de interés mutuo. Ya habían salido las estrellas y no se veía el sol y no recuerdo en qué momento del atardecer pero nuestros brazos se entrelazaban de manera exploratoria y nuestras cabezas descendían rápidamente mientras jugaban a morder lo que fuera que alcanzaran, y compartían enganchando lenguas cuanta saliva era posible compartir. Los puntos de dolor, los puntos de placer. De eso se trataba, como médicos analizando y buscando el bienestar un poco alejados de la salud. Recorriendo su abdomen con la lengua, jugando un poco con el pene, recorriendo mi espalda con sus manos, y más abajo y por todos lados. Incluso su garganta, y la mía. Y los ojos. Y de pronto ya no habían manos ni brazos, ni penes ni lenguas, solo cuerpos en movimiento, acelerando, desacelerando, dos hombres el uno en el otro. Frotándonos con las cabezas nubladas por el placer. Y seguimos el impulso, cada vez más excitados, uno frente al otro completamente unidos por el sudor. Un poco resbaladizos, un poco adheridos, como recién salidos de un pantano caliente, no necesariamente limpio pero de todo nuestro agrado. –Para, voy a acabar- me dijo, ¿y qué lo detenía? Yo también iba a acabar. Y acabamos, acabamos compartiendo el fluido entre nuestros abdómenes y los labios amarrados. Así terminó, terminé, terminamos, acabamos y se acabó.

1 comentario:

epluse dijo...

bien por esos encuentros inesperados!...aunque esta historia tiene un dejo triste...no se.